el apagón
No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pero igual tampoco hasta que ganas lo que no tienes. Ayer perdimos la luz artificial para volver a ver la luz natural. Salimos de la caverna durante horas, desconectados, reconectados, deslumbrados por el calor y color de las calles y de su gente.
Recargamos nuestra batería social a medida que se agotaba la del móvil. Volvimos a mirarnos a los ojos, a la cara, al alma. Retomamos conversaciones con desconocidos. Por primera vez en mucho tiempo, supimos andar con la cabeza bien alta y no enterrada en una pantalla.
Las neveras se descongelaron a la misma velocidad que lo hacían nuestros recuerdos de la vida sin conexión digital, sin dependencia a la dopamina instantánea, a las redes.
Las terrazas se llenaron de botellines del tiempo, cada vez más calentorros. Porque aunque nos guste la cerveza bien fría, sabe mejor cuando sabes que es lo más fría que podría estar. Valoras el estar y el disfrutar en ese presente, y todo te sabe a gloria.
Nos volvimos a enfrentar al aparente aburrimiento que supone una vida sin estímulos instantáneos, a la inmediatez, a la rutina, a la productividad. Nos limitamos a existir, a ponernos creativos con el tiempo libre que normalmente no tenemos.
Ayer re-aprendimos a vivir sin prisa. Perdimos la noción del tiempo, normalmente marcado por una rutina estricta llena de responsabilidades, donde siempre nos faltan horas, minutos y segundos para justificar la infelicidad a largo plazo.
Creo que pese a la ansiada espera de que la luz artificial estuviera de vuelta, todxs deseamos por un momento que no volviera todavía. Que queríamos seguir un ratito más en esa fantasía primaveral de aperitivo eterno, ensaladas como forma de vida, días largos y velas para alumbrar la caída de la noche.
Hoy todo vuelve a su “normalidad”. O quizás ayer aprendimos que nuestro ritmo de vida con suministro energético y digital no es tan normal, ni tan sano, ni tan divertido.
Me dará pena ver cómo la interacción entre desconocidos se esfuma cuando ya tenemos nuestras necesidades individuales cubiertas. Cómo los botellines estarán bien fríos. Cómo volveremos a bajar la cabeza y la mirada a una pantalla que refleja una realidad vacía. Me dará pena porque significará que todo vuelve a ser como antes y que, el recuperar el suministro, significa perder el disfrute, la espontaneidad, la organización comunitaria y, quizás, la clave para una vida realmente feliz con una re-organización de las prioridades y necesidades “básicas”.
Cuando llegue, que el fin del mundo nos pille bailando. Con botellines calentorros. Con pilas. Con radio. Y sin batería en el móvil.

